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Mina en Alemania. Fuí, vi y vencí.

El hostal “infernal”

Contra todo pronóstico, aquel hostal situado en el Barrio Rojo de Frankfurt no estaba nada mal. A pesar del entorno, el sitio me quitaba dolores de cabeza, muuuchos dolores de cabeza. Ya para empezar no me tenía que marear pensando en cómo ir a la estación de tren, simplemente estaba al lado (cosa que se agradecía…llego a tener que arrastrar semejantes maletones por medio Frankfurt y vendo mi ropa en medio de la plaza del Emperador Guillermo…) De momento lo único que me producía jaqueca era el cómo iba a hacer pasar tal cantidad de souvenirs por las aduanas sin parecer una contrabandista o lo que era peor… ¿Cómo iba a meterlo todo en la maleta?

Lejos de ponerme a vender ropa me deshice de lo sospechoso: los líquidos. El penúltimo y el último día me eché tal cantidad de champú que la espuma salía por las cuatro esquinas de la ducha que ya de por sí se inundaba en exceso. La pasta de dientes fue la siguiente en caer. Eso era…digno de ver. Parecía que tenía la rabia, eso sí, tenía los dientes tan blancos que como se me ocurriera sonreír de noche “escandilaba” a mis 5 compañeras. Sonrisa profident radioactiva…El resto de mis “enseres femeninos” los fui dejando como si tal cosa por los baño del hostal… A lo mejor le salvé la vida a alguna chica ante la aparición inminente de la “señorita guaticonteya”..Nunca lo sabré.

Antes de llegar al hostal, antes de ni siquiera irme dudé de dónde hospedarme. Estaba ese en el  que al final me hospedé y otro una calle más arriba y relativamente más lejos del Barrio Rojo. Minucias, minucias, minucias…cuando decidí quedarme en este hostel que comento lo hice asumiendo toooodos sus riesgos, incluido el de que me ofrecieran amablemente meterme a prostituta. No iban mal encaminados… en Montera también me reclaman (pero en Alemania cobran más…ñeh)

Primer día! dedicado única y exclusivamente a quemar (sí, sí..quemar) cualquier cosa relacionada con los hipócritas del workcamp, empezando por la camp-leader. Después de haberme calentado las manos un poquito me dirigí a hacer lo que cualquier persona debería hacer en cuanto pise suelo alemán: meterse entre pecho y espalda una salchicha de proporciones épicas. Y encima… hasta arriba de curry. Sí..curry. Les encanta. No sé cómo no han hecho aún un suavizante olor a curry.

Tras verme despojado de mi dignidad al haber engullido ese manjar de dioses me recompuse (o mejor dicho…gatee hasta la puerta) con la idea de pasear y conocer la ciudad (y ya de paso bajar la dichosa “salchichita”) Mapa en mano, olisqueo calle por calle sin tener ni idea de dónde estaba hasta que al fin consigo descifrar la piedra roseta que llevaba por mapa. Tenía la letra tan pequeña que mi lupa necesitaba otra lupa para leer lo que ponía. Viendo que el mapa no me iba a ser de gran ayuda, lo guardé y en ese momento tuve un flashback (de mi ma’) y su historia de la “ley del cubico” que consiste en girar a la izquierda o derecha cuatro veces seguidas. Vamos lo que viene siendo “dar la vuelta a la manzana”. La ley del cubico me llevó ni más ni menos que a un recinto súper vigilado del estado, con un montón de seguratas, banderitas, coches negros y otro porrón de cámaras de seguridad… Y yo paseando tan tranquila con mi mochilica de corazones.  En cualquier instante creía que se iban a abalanzar sobre mí una patrulla entera del servicio secreto (or something) un montón de pavos vestidos de negro, me embutirían en un coche y me “preguntarían” si es que quiero matar a la Merkel. Los alemanes no preguntan…(matan y si eso ya….preguntan después)

Aparte de sentirme como un indefenso conejillo en un coto de caza con mil rifles apuntándole a sus orejillas… aparte de eso…llevaba un empacho de salchicha que no podía con mi vida, así que si me tocaba correr para salvar mi vida…me iba a salvar por los cojones. Lo miraba todo con los ojos como platos …y los tíos me miraban a mí.. (creo que no me había acojonado más en mi vida..es más, vi el powerpoint cutre de mi vida pasar ante mis ojos mientras intentaba andar y no parecer sospechosa) y de la misma forma que entré, salí. Puse cara de trabajar allí, conocerme el sitio de cabo a rabo..paso por delante de los “puertas” to’ segura de mí misma y en cuanto atisbo la puerta me pongo a “andar” como una geisha que es algo así como “necesito ir a baño con urgencia pero sin perder la elegancia”. Fuera al fin…solté una risilla aguda en plan malvada por haberme zafado del servicio secreto ..o lo que es mejor…me libré de correr.

Del subidón de adrenalina que me dio, digerí la salchicha en segundos…estaba de nuevo hambrienta y un olorcillo a patatas fritas me llevaba de nuevo en dirección al centro (pasando por el edificio del estado ese) así que le dije a mi estómago que nanai, que era el primer día y no era plan de acabar detenida. Hasta ahí bien…luego no sabía dónde estaba (Genial…estaba la cosa como para preguntarle a los seguratas) lo único que podía hacer era utilizar mis súper técnicas de orientación. Al estar cerca de la estación de tren descarté las callejuelas así como meterme por cualquier sitio con edificios altos. El tiempo se me echaba encima…tampoco estuve mucho tiempo perdida pero se me hizo eterno. Las calles alemanas me daban una sensación de déjavù y si no llega a ser por el nombre de éstas diría que estaba en un bucle. Me puse más contenta que unas castañuelas cuando oteo el horizonte y diviso territorio putilla. Empezaba a ver a gente con ropa muy extraña, otra con andares bastante dispares y así hasta que la aglomeración de los drogatas y las furcias superaba lo normal. Vi el letrero del hostal, con el de seguridad en la puerta, yo estaba al final de la calle con zombies deambulando en distintas direcciones …fui tan feliz…No le di un beso al suelo por la cantidad de jeringuillas y cosas que había que si no…

Dando saltitos pero al mismo tiempo intentando (inútilmente) insuflar respeto en aquellos seres que me rodeaban me dirigí al supermercado. A uno…allí no sé por qué pero no hay dos supermercados con el mismo nombre. Comprar… había dilapidado casi toda mi fortuna en souvenirs y la cosa no estaba como para comer siempre fuera por lo que compré lo que toda niña-gato compraría en mi situación: Pasta. Pasta para aburrir..(y salchichas..dios qué buenas!). Previamente me había cerciorado de que en la cocina del hostal hubiera todo lo necesario o..literalmente me comía los mocos. Dejé mi tesoro comestible en la nevera común del hostel confiando que la bolsa con la que lo envolví detendría a los golosos. Chocolate con nueces, almendras y caramelo, trocitos de caramelo…chocolate negro… que me regaló una amiga…de Suiza!! Y alguien me lo había mordisqueado!!! Cuando fui a dejar la pasta, la salsa y las salchichas me di cuenta de lo sucedido. Sin exagerar digo que salí, sartén en mano, exigiendo que me devolvieran mi trozo sustraído (rechupeteado o no) era mío y no pensaba escatimar en sartenazos hasta que quedara claro que mi comida no se toca.

No había huevos a rechistarme, un chico se me acercó con cara de estar muerto de miedo mientras yo respiraba, aún esgrimiendo la sartén, como una fiera endemoniada. Me dijo con más pavor que otra cosa que lo mejor era poner bien el nombre y en una bolsa que no se viera lo que hay dentro…Lo dicho, dejé la sartén y metí mi chocolate en 8 bolsas y en cada una de ellas escribí advertencias en inglés y en alemán, todas dedicadas al curiosillo que se atrevió a robarme el chocolate. Recuerdo que en la primera bolsa escribí “Vas a morir” en la segunda “Sé dónde duermes” y así hasta terminar con las ocho bolsas. Después del numerito de la sartén no había huevos suficientes a acercarse a mi comida.

Algo que iba a hacer que se me pasara el cabreo sería cocinar…y digo sería porque no lo fue. Al rato de estar cocinando, cortado las cebollitas, dorándolas, los pimientos, el tomate, cociendo la pasta, asando las salchichas…la cocina iba siendo cada vez más mía y todo lo que eso conllevaba. La gente se arremolinaba a mi alrededor, babeando, viendo como yo removía con esmero la salsa arrabiata más picante que había hecho en toda mi existencia, dándole la vueltecita a todas las salchichitas para que no se quemaran…

Me estaba perturbando considerablemente estar bajo la atenta mirada de tanto animalillo hambriento. La comida es un idioma que todo el mundo entiende, seas del país que seas. Pues medio hostel lo entendió muy bien. Las preguntas indecentes se sucedieron cuando empecé a sacar más de un plato. No sé si es que llevaban sin comer 3 o 4 días pero no se cortaron un pelo en preguntar si les iba a dar. Tampoco sé si es que no estaban presentes cuando me puse a amenazar a todo bicho viviente con una sartén si osaban tocar mis comestibles posesiones. Y ahí estaba yo, con tres platos en las manos y una jauría que olisqueaba cada cosa que había en ellos. Dichos platos no eran solo para mí…Como tuve la suerte de encontrarme con dos personas de habla hispana, decidí celebrarlo a mi manera: cocinando. Mientras Eloy de Cádiz y Cristina de México aguardaban arriba, yo aún tenía que pelearme por salir de la claustrofóbica cocina llena de gente y para colmo procurar que no pereciera por el camino ningún tortelloni “arrabiato” al subir la endiablada escalera de caracol.

Básicamente me hice paso a patadas para conseguir dejar los platos frente a sus respectivos comensales. Aquí mis amigos no se pensaban que les iba a hacer semejante menú sino algo más sencillito y apañao’. Para su sorpresa, cuando querían ayudar en algo ya era demasiado tarde, los cacharros estaban limpios y la cocina recogida. Al dejar los platos en la mesa..aparte de ver como brillaban sus ojitos ante tan delicioso manjar..también noté como la otra mitad del hostal se rompía el cuello para averiguar de dónde venía ese olorcillo celestial. Eso me recordaba a una horda de zombies cuando huelen a un humano y ya no sabía si íbamos a tener que coger nuestros platos y atrincherarnos en nuestras literas. Antes de que me diera cuenta, los dos ya tenían las mejillas llenas de comida. Eloy trataba de pronunciar “qué bueno tá’ ehto shiquilla” y Cris… a Cris casi se le saltan las lágrimas (creo que a medias por el picante) diciendo algo así como “mi madre no se va a creer que me estés cuidando así”. Mientras comíamos (y algunos relamíamos el plato) aún se asomaba algún que otro “caminante” preguntándose si quedaba más…

Nos pusimos las botas…y dejamos con los dientes largos a más de uno. Meow!

Partido de Fútbol a la alemana

Bueno, no voy a contar los días que estuve allí uno por uno porque, entre mi forma de escribir y el tiempo que estuve, no acabo nunca. Ya el mal rollito estaba presente, lo intuía, llamadlo “X”, o no, llamadlo mejor “A Mina no le gusta que le nieguen la verdad en la cara”.

Los grupitos ya estaban hechos, muy poco equitativos pero hechos al fin y al cabo. La piñita del Mediterráneo, MI PIÑITA ..eramos 4 –> una chica turca (Gizem) una pareja de italianos (Cristina y Francesco) y yo (Mina) mientras que los otros eran siete u ocho (no me acuerdo, memoria selectiva, me vengo a acordar de lo que me da la gana ¿No? )

El mal rollito empezó con lo típico.. el no decir las cosas a la cara, siempre por la espalda. Si me dices que son cosas de críos pues vale, te lo admito, pero no, eran unas elucubraciones dignas de ser vistas por un psicólogo.

Para los que no me conozcan.. yo hago tonterías como si no hubiera mañana, siempre.. y dio la casualidad de que a los siete u ocho que quedaban o no le gustaban, o no las soportaban, o nos tenían envidia porque nuestro grupito era suuper feliz y nos reiamos con cualquier cosa mientras que los otros siete u ocho taciturnos y asociales trasnochados no hacían más que criticarnos.

Obviamente, esa no era la mejor situación para hacer amigos, pero es que ni siquiera me dejaron intentarlo. No me rayé por eso. Ahora hablo con mi grupo como si fuéramos vecinos. A los ojos de todos (influidos por la rusa..como no) eramos unos inmaduros estúpidos (Nada más lejos de la realidad.. oiga..) así que, sin quererlo casi, les hicimos ver que ni eramos estúpidos ni inmaduros y ya de paso, dejamos mal a los que lo dijeron. Y un claro ejemplo de la efectividad de nuestros actos ante todos fue el partido de fútbol.

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Primera noche en Marienbachzentrum

Después de mi súper contundente desayuno de TRES galletas (parecidas a las príncipe) y estar despierta más de un día y medio…no era persona. No lo era. PARA NADA! Si no recuerdo nada de lo que hice mientras trabajábamos es seguramente porque no era consciente. Nos fuimos a una especie de parque de bomberos pero sin bomberos, desde fuera veías camiones, coches grandes furgonetas.. No sé exactamente como llamarlo en español. Como pude, supliqué algo de cafeína y me dieron una botellita de plástico que ponía “Cola Mix” a mi…mientras tuviera burbujitas para abrirme los párpados y cafeína para animarme…me daba igual..o eso creía. Acerco la botella que contenía lo que yo pensaba que era un divino néctar de los dioses para reanimarme pero NO! Me reanimé, sí, pero no por la cafeína. Era algo parecido a la cocacola pero demasiado distinto.
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Segunda parte de mi Experiencia

Superé ya el mega-reto de permanecer despierta desde las seis de la mañana de un Domingo hasta las seis de la tarde del lunes.. unas 36 horas o.o y aún presumía de lucidez mental. O eso creo.

Había como 10 Haltstelle para el bus.. y me volvía loca cada vez que veía uno venir por la lejanía. A todos los abordaba con ansia y los atontaba con mis absurdas preguntas. Porque ahí.. no se cogía el bus hacia Dittelbrunn. Un señor me dice que es en Rossmarkt. Pues ok, para allá que voy. Dos euros el billete en ese bus, pienso para mi “Estará lejos.. para lo que cuesta, tiene que estar lejos”

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Mi Experiencia en Alemania

Es digna de ser contada. De esto que te crees que vas a acabar en un mundo diferente, futurista y fantástico. Pues más o menos…

Partimos desde el principio, el Aeropuerto de la T4, dificultad number one: Aparcar. Mucho aeropuerto laberíntico pa na’. Una vez allí, segunda dificultad, no morirte de vergüenza mientras andas descalza y dejalichada por medio aeropuerto porque en tus zapatos y tu ropa hay una “amenaza” de bomba. Son solo cremalleras ¬.¬ Algún caso habrá de bombas encontradas en zapatos.. pero ese no es el caso. El caso es que vas arrastrando tus pies cual pulpillo con unos calcetines de plástico azules cantosos como ellos solos.

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