Archivos mensuales: septiembre 2014

El hostal “infernal”

Contra todo pronóstico, aquel hostal situado en el Barrio Rojo de Frankfurt no estaba nada mal. A pesar del entorno, el sitio me quitaba dolores de cabeza, muuuchos dolores de cabeza. Ya para empezar no me tenía que marear pensando en cómo ir a la estación de tren, simplemente estaba al lado (cosa que se agradecía…llego a tener que arrastrar semejantes maletones por medio Frankfurt y vendo mi ropa en medio de la plaza del Emperador Guillermo…) De momento lo único que me producía jaqueca era el cómo iba a hacer pasar tal cantidad de souvenirs por las aduanas sin parecer una contrabandista o lo que era peor… ¿Cómo iba a meterlo todo en la maleta?

Lejos de ponerme a vender ropa me deshice de lo sospechoso: los líquidos. El penúltimo y el último día me eché tal cantidad de champú que la espuma salía por las cuatro esquinas de la ducha que ya de por sí se inundaba en exceso. La pasta de dientes fue la siguiente en caer. Eso era…digno de ver. Parecía que tenía la rabia, eso sí, tenía los dientes tan blancos que como se me ocurriera sonreír de noche “escandilaba” a mis 5 compañeras. Sonrisa profident radioactiva…El resto de mis “enseres femeninos” los fui dejando como si tal cosa por los baño del hostal… A lo mejor le salvé la vida a alguna chica ante la aparición inminente de la “señorita guaticonteya”..Nunca lo sabré.

Antes de llegar al hostal, antes de ni siquiera irme dudé de dónde hospedarme. Estaba ese en el  que al final me hospedé y otro una calle más arriba y relativamente más lejos del Barrio Rojo. Minucias, minucias, minucias…cuando decidí quedarme en este hostel que comento lo hice asumiendo toooodos sus riesgos, incluido el de que me ofrecieran amablemente meterme a prostituta. No iban mal encaminados… en Montera también me reclaman (pero en Alemania cobran más…ñeh)

Primer día! dedicado única y exclusivamente a quemar (sí, sí..quemar) cualquier cosa relacionada con los hipócritas del workcamp, empezando por la camp-leader. Después de haberme calentado las manos un poquito me dirigí a hacer lo que cualquier persona debería hacer en cuanto pise suelo alemán: meterse entre pecho y espalda una salchicha de proporciones épicas. Y encima… hasta arriba de curry. Sí..curry. Les encanta. No sé cómo no han hecho aún un suavizante olor a curry.

Tras verme despojado de mi dignidad al haber engullido ese manjar de dioses me recompuse (o mejor dicho…gatee hasta la puerta) con la idea de pasear y conocer la ciudad (y ya de paso bajar la dichosa “salchichita”) Mapa en mano, olisqueo calle por calle sin tener ni idea de dónde estaba hasta que al fin consigo descifrar la piedra roseta que llevaba por mapa. Tenía la letra tan pequeña que mi lupa necesitaba otra lupa para leer lo que ponía. Viendo que el mapa no me iba a ser de gran ayuda, lo guardé y en ese momento tuve un flashback (de mi ma’) y su historia de la “ley del cubico” que consiste en girar a la izquierda o derecha cuatro veces seguidas. Vamos lo que viene siendo “dar la vuelta a la manzana”. La ley del cubico me llevó ni más ni menos que a un recinto súper vigilado del estado, con un montón de seguratas, banderitas, coches negros y otro porrón de cámaras de seguridad… Y yo paseando tan tranquila con mi mochilica de corazones.  En cualquier instante creía que se iban a abalanzar sobre mí una patrulla entera del servicio secreto (or something) un montón de pavos vestidos de negro, me embutirían en un coche y me “preguntarían” si es que quiero matar a la Merkel. Los alemanes no preguntan…(matan y si eso ya….preguntan después)

Aparte de sentirme como un indefenso conejillo en un coto de caza con mil rifles apuntándole a sus orejillas… aparte de eso…llevaba un empacho de salchicha que no podía con mi vida, así que si me tocaba correr para salvar mi vida…me iba a salvar por los cojones. Lo miraba todo con los ojos como platos …y los tíos me miraban a mí.. (creo que no me había acojonado más en mi vida..es más, vi el powerpoint cutre de mi vida pasar ante mis ojos mientras intentaba andar y no parecer sospechosa) y de la misma forma que entré, salí. Puse cara de trabajar allí, conocerme el sitio de cabo a rabo..paso por delante de los “puertas” to’ segura de mí misma y en cuanto atisbo la puerta me pongo a “andar” como una geisha que es algo así como “necesito ir a baño con urgencia pero sin perder la elegancia”. Fuera al fin…solté una risilla aguda en plan malvada por haberme zafado del servicio secreto ..o lo que es mejor…me libré de correr.

Del subidón de adrenalina que me dio, digerí la salchicha en segundos…estaba de nuevo hambrienta y un olorcillo a patatas fritas me llevaba de nuevo en dirección al centro (pasando por el edificio del estado ese) así que le dije a mi estómago que nanai, que era el primer día y no era plan de acabar detenida. Hasta ahí bien…luego no sabía dónde estaba (Genial…estaba la cosa como para preguntarle a los seguratas) lo único que podía hacer era utilizar mis súper técnicas de orientación. Al estar cerca de la estación de tren descarté las callejuelas así como meterme por cualquier sitio con edificios altos. El tiempo se me echaba encima…tampoco estuve mucho tiempo perdida pero se me hizo eterno. Las calles alemanas me daban una sensación de déjavù y si no llega a ser por el nombre de éstas diría que estaba en un bucle. Me puse más contenta que unas castañuelas cuando oteo el horizonte y diviso territorio putilla. Empezaba a ver a gente con ropa muy extraña, otra con andares bastante dispares y así hasta que la aglomeración de los drogatas y las furcias superaba lo normal. Vi el letrero del hostal, con el de seguridad en la puerta, yo estaba al final de la calle con zombies deambulando en distintas direcciones …fui tan feliz…No le di un beso al suelo por la cantidad de jeringuillas y cosas que había que si no…

Dando saltitos pero al mismo tiempo intentando (inútilmente) insuflar respeto en aquellos seres que me rodeaban me dirigí al supermercado. A uno…allí no sé por qué pero no hay dos supermercados con el mismo nombre. Comprar… había dilapidado casi toda mi fortuna en souvenirs y la cosa no estaba como para comer siempre fuera por lo que compré lo que toda niña-gato compraría en mi situación: Pasta. Pasta para aburrir..(y salchichas..dios qué buenas!). Previamente me había cerciorado de que en la cocina del hostal hubiera todo lo necesario o..literalmente me comía los mocos. Dejé mi tesoro comestible en la nevera común del hostel confiando que la bolsa con la que lo envolví detendría a los golosos. Chocolate con nueces, almendras y caramelo, trocitos de caramelo…chocolate negro… que me regaló una amiga…de Suiza!! Y alguien me lo había mordisqueado!!! Cuando fui a dejar la pasta, la salsa y las salchichas me di cuenta de lo sucedido. Sin exagerar digo que salí, sartén en mano, exigiendo que me devolvieran mi trozo sustraído (rechupeteado o no) era mío y no pensaba escatimar en sartenazos hasta que quedara claro que mi comida no se toca.

No había huevos a rechistarme, un chico se me acercó con cara de estar muerto de miedo mientras yo respiraba, aún esgrimiendo la sartén, como una fiera endemoniada. Me dijo con más pavor que otra cosa que lo mejor era poner bien el nombre y en una bolsa que no se viera lo que hay dentro…Lo dicho, dejé la sartén y metí mi chocolate en 8 bolsas y en cada una de ellas escribí advertencias en inglés y en alemán, todas dedicadas al curiosillo que se atrevió a robarme el chocolate. Recuerdo que en la primera bolsa escribí “Vas a morir” en la segunda “Sé dónde duermes” y así hasta terminar con las ocho bolsas. Después del numerito de la sartén no había huevos suficientes a acercarse a mi comida.

Algo que iba a hacer que se me pasara el cabreo sería cocinar…y digo sería porque no lo fue. Al rato de estar cocinando, cortado las cebollitas, dorándolas, los pimientos, el tomate, cociendo la pasta, asando las salchichas…la cocina iba siendo cada vez más mía y todo lo que eso conllevaba. La gente se arremolinaba a mi alrededor, babeando, viendo como yo removía con esmero la salsa arrabiata más picante que había hecho en toda mi existencia, dándole la vueltecita a todas las salchichitas para que no se quemaran…

Me estaba perturbando considerablemente estar bajo la atenta mirada de tanto animalillo hambriento. La comida es un idioma que todo el mundo entiende, seas del país que seas. Pues medio hostel lo entendió muy bien. Las preguntas indecentes se sucedieron cuando empecé a sacar más de un plato. No sé si es que llevaban sin comer 3 o 4 días pero no se cortaron un pelo en preguntar si les iba a dar. Tampoco sé si es que no estaban presentes cuando me puse a amenazar a todo bicho viviente con una sartén si osaban tocar mis comestibles posesiones. Y ahí estaba yo, con tres platos en las manos y una jauría que olisqueaba cada cosa que había en ellos. Dichos platos no eran solo para mí…Como tuve la suerte de encontrarme con dos personas de habla hispana, decidí celebrarlo a mi manera: cocinando. Mientras Eloy de Cádiz y Cristina de México aguardaban arriba, yo aún tenía que pelearme por salir de la claustrofóbica cocina llena de gente y para colmo procurar que no pereciera por el camino ningún tortelloni “arrabiato” al subir la endiablada escalera de caracol.

Básicamente me hice paso a patadas para conseguir dejar los platos frente a sus respectivos comensales. Aquí mis amigos no se pensaban que les iba a hacer semejante menú sino algo más sencillito y apañao’. Para su sorpresa, cuando querían ayudar en algo ya era demasiado tarde, los cacharros estaban limpios y la cocina recogida. Al dejar los platos en la mesa..aparte de ver como brillaban sus ojitos ante tan delicioso manjar..también noté como la otra mitad del hostal se rompía el cuello para averiguar de dónde venía ese olorcillo celestial. Eso me recordaba a una horda de zombies cuando huelen a un humano y ya no sabía si íbamos a tener que coger nuestros platos y atrincherarnos en nuestras literas. Antes de que me diera cuenta, los dos ya tenían las mejillas llenas de comida. Eloy trataba de pronunciar “qué bueno tá’ ehto shiquilla” y Cris… a Cris casi se le saltan las lágrimas (creo que a medias por el picante) diciendo algo así como “mi madre no se va a creer que me estés cuidando así”. Mientras comíamos (y algunos relamíamos el plato) aún se asomaba algún que otro “caminante” preguntándose si quedaba más…

Nos pusimos las botas…y dejamos con los dientes largos a más de uno. Meow!